La literatura del lado salvaje escrita por mujeres

Tengo una nueva escritora favorita. Lleva muerta desde 1989. Su nombre era Dorothy Karen Mueller, aunque sus amigos la llamaban Cookie. Y así es como se la conoce en la historia de la literatura y de las vidas memorables. Porque dejénme decirles que Cookie Mueller tuvo una vida memorable, que escribió sobre la marcha, aunque nada se supo de ella hasta después de muerta, porque ocurría una cosa y es que en la época en la que Cookie escribía —mediados y finales de los 60, los 70, los 80— la vida de una mujer salvaje, que era entonces, en San Francisco —estuvo a punto de conocer a Charles Manson, pasó una tarde con La Familia en su furgoneta mal pintada: la palabra Holywood sólo tenía una “L”—, la vida de una joven cualquiera, aún era algo que no importaba lo más mínimo.

O eso parece a juzgar por el valor enorme que tiene ‘Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro’, el compendio de textos autobiográficos, casi diario de a bordo de una vida que deja la vida de cualquier beatnik, hasta de su modelo a seguir, el Neal Cassady que inspiró al incorrecto y por eso valioso Dean Moriarty, a la altura del betún de una vieja y curtida bota de autoestopista. Como ocurre cuando una lectora se topa por primera vez con ‘La flor’, de Mary Karr (Periférica & Errata Naturae), y descubre que había existido, sin que ella lo supiera, una adolescencia paralela a la de todos esos chicos retratados por los clásicos —que eran ellos mismos, desde Saul Bellow a Philip Roth, pasando por cualquiera—, toparse con Mueller es encontrarse con un tesoro.

Un tesoro en forma de otro yo al margen de cualquier tipo de victimismo, pero del todo consciente de en qué consistía ser mujer en un mundo sin límites, en el que tu independencia dependía de tu ferocidad. Y esa ferocidad se daba por supuesta. No era algo a alcanzar. Era algo indispensable. Somos distintas, parece decirse Mueller, nuestros problemas son otros, pero ¿saben qué? Los conozco, los acepto, vivo con ellos, y los disfruto. Sumergirse en ‘Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro’ es hacerlo en una realidad paralela en la que eran ellas, y no ellos, las que se acostaban con famosos —eran ellas las que cazaban a Jimi Hendrix, y no al revés—, y vivían precaria y felizmente —todo tipo de drogas mediante— en apartamentos comuna.

Sí, podría decirse que Tracey Emin es su sucesora más directa aunque Mueller no contó con el altavoz del mundo del arte. Ella sólo se tenía a sí misma. Pero cada paso que dio, incluidas las deudas que perdonó a los clientes de la tienda Nauvankauf de ropa para caballeros, resulta admirable, icónico, valiosísimo. El valor de Mueller, su valentía, tiene mucho que ver con la despreocupación, cierto sentido irracional de la existencia, y una poderosa conexión con el presente. Un presente que podía cambiar —y lo hacía— en cualquier momento. Como cuando en ese trabajo horrendo proto call center en el que se dedicaba a llamar insistentemente a clientes que debían trajes, amenazándoles con todo tipo de consecuencias si no los pagaban, decidió que había tenido suficiente y se largó. Hay otro camino, y Mueller lo sabe. Mueller quiere que, como ella, seas valiente. Siempre.

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