Hay quien oye una trompeta afinando y piensa: “qué escándalo”. Y hay quien, al escuchar ese mismo sonido, sabe que se aproxima una de las cosas más serias —aunque se vista de lentejuelas— que ocurren en Gran Canaria: una murga.
Las murgas son una de las almas del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Cantan, bromean, bailan, disparan crítica social y convierten una plaza en un coro gigante de palmas, gritos y emoción. Todo ello con maquillajes que desafían las leyes de la física, disfraces que llevan meses de trabajo detrás y una percusión capaz de poner en marcha hasta al vecino que había bajado “solo a comprar pan”.
El XXV Encuentro de Murgas de las Fiestas de La Naval, celebrado en La Isleta, mostró precisamente esa mezcla de tradición, cantera y comunidad. No era un concurso: no había una clasificación esperando con el cuchillo entre los dientes. Era un encuentro solidario, con agrupaciones infantiles y adultas compartiendo escenario y recogiendo alimentos para la labor social vinculada a la parroquia de la Luz. La murga, cuando quiere, también sabe arremangarse.
Qué es una murga y por qué importa tanto
Una murga es una agrupación carnavalera que construye sus actuaciones a partir de voces, percusión, trompetas, letras y puesta en escena. En el imaginario popular caben muchas definiciones, pero una bastante honesta sería esta: un grupo de gente que trabaja durante meses para cantar lo que otros comentan bajito en una terraza.
La sátira es su herramienta más reconocible. Las letras pueden señalar problemas cotidianos, decisiones políticas, costumbres sociales o esas contradicciones colectivas que todos vemos y casi nadie se atreve a nombrar sin rodeos. Pero reducir la murga a la crítica sería quedarse corto. También habla de amistad, de identidad, de familias, de pérdidas, de sueños y de esa afición que hace que alguien vuelva al local de ensayo incluso después de jurar solemnemente que este año descansaba. Spoiler: casi nunca descansa.
En Las Palmas de Gran Canaria, las murgas forman parte de una cultura popular viva, con raíces en los barrios y conexiones que cruzan municipios. En un mismo encuentro pueden coincidir agrupaciones de La Isleta, Carrizal, Telde, Arucas o Santa María de Guía. El Carnaval capitalino tiene escenario, focos y concursos; la murga, además, tiene carretera, guagua, local prestado y una logística que merece documental de espionaje.
La Isleta y La Naval: una plaza que entiende el idioma murguero
Las Fiestas de La Naval ofrecen uno de esos contextos donde las murgas salen del calendario puramente carnavalero para reencontrarse con el barrio. El encuentro celebrado en la plaza vinculada a la iglesia de la Luz alcanzó su vigésimo quinta edición con 16 agrupaciones anunciadas: cinco infantiles y once adultas.
La clave está en que el formato cambia el ambiente. En un concurso cada detalle se mide, se compara y se discute hasta que alguien menciona una afinación de 2008. En un encuentro, en cambio, domina la celebración: entradas, pasacalles, despedidas, mensajes a compañeros ausentes, cumpleaños compartidos y una afición que responde a cada llamada desde abajo.
Además, el carácter solidario no es decorativo. Según se explicó durante la retransmisión, la recogida de alimentos tiene como destino la atención a personas que los necesitan a través de Cáritas parroquial. La fiesta conserva así una virtud poco glamurosa pero muy valiosa: servir para algo más que llenar el carrete del móvil.
La cantera: donde el Carnaval aprende a hablar en plural
Uno de los grandes argumentos de cualquier encuentro de murgas es la cantera. Las agrupaciones infantiles no son una versión pequeña de nada: son el presente de la fiesta y, de paso, la garantía de que habrá futuro cuando a los mayores les empiece a sonar la rodilla al bajar del escenario.
En La Naval participaron formaciones como Los Bisnietos de SaryMánchez, Los Chachitos, Los Trapacitos, Los Nietitos de Kika y Los Legañositos. Sobre el escenario se vio mucho más que niños disfrazados cantando con entusiasmo: percusionistas aprendiendo disciplina, voces descubriendo el vértigo del directo, amistades de ensayo y una forma de relacionarse con la cultura de su isla desde dentro.
La cantera también desmonta un prejuicio recurrente: que los menores solo están ahí para hacer monerías antes de que suba la murga adulta. Nada de eso. Las letras infantiles pueden transmitir valores como el respeto, la empatía o la convivencia, y sus actuaciones exigen memoria, coordinación, compromiso y bastante más valentía que la que demuestra mucha gente adulta cuando le ponen un micrófono delante.
Cómo entender una actuación murguera sin perderse entre pitos y palmas
Para disfrutar una murga no hace falta aprobar una oposición a Carnaval, pero sí conviene fijarse en algunas claves. La primera es que cada parte tiene su función: la presentación abre la puerta al universo de la agrupación; el pasacalle busca contagiar energía; las letras desarrollan el contenido; y la despedida suele poner la fibra sensible a trabajar horas extra.
- Escucha la letra: la ironía suele esconder más de una capa. A veces el remate llega tarde y es mejor que llegue así.
- Mira a la percusión: bombo, caja, congas y otros elementos sostienen el pulso. Cuando la base aprieta, la plaza lo nota antes que el cerebro.
- Fíjate en la dirección: una señal, una entrada o un silencio pueden ordenar a decenas de componentes en segundos.
- No ignores el disfraz: no es atrezzo de saldo. Puede contener referencias, humor y una cantidad obscena de horas de costura.
- Participa: las palmas, el baile y la respuesta del público forman parte del espectáculo. La murga no se contempla con la solemnidad de una biblioteca.
Más allá de febrero: una forma de pertenecer
La mejor explicación de por qué las murgas siguen conectando con generaciones tan distintas está fuera del escenario. Está en los ensayos durante meses, en las familias que acompañan, en quien cose un botón de urgencia, en el compañero que falta y recibe una dedicatoria, en el niño que descubre que su tambor también puede contar una historia.
Las agrupaciones adultas que pasaron por La Naval —desde Los Legañosos y Los Chancletas hasta Los Nietos de SaryMánchez, Ladies Chancletas, Los Chismosos, Majaderos, Los Twitty’s, Despistadas, Las Kikirinietas o Las Legañosas— evidenciaron esa diversidad de trayectorias. Hay veteranas con décadas de historia, proyectos recientes y colectivos femeninos que han abierto camino en sus municipios. Todas comparten una idea sencilla y resistente: el Carnaval no se hereda como un mueble antiguo; se mantiene vivo participando.
Por eso una murga no termina al bajar del escenario. Sigue en el comentario de la esquina, en el estribillo que se repite camino a casa y en esa promesa anual, pronunciada con convicción sospechosa, de que el próximo año se vivirá con menos intensidad. Claro. Y el mar es un charquito.
